Miedo al efecto Diderot: ¿pueden las comparaciones llevarte a la ruina?
- El profesor experto en economía del comportamiento Diego Valero alerta sobre el peligro de compararnos continuamente, que nos lleva a gastar por encima de nuestras posibilidades
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Denis Diderot, filósofo, escritor y padre de la enciclopedia, vivía de forma austera y con muy pocos recursos cuando, un buen día, alguien le regaló una bata preciosa, de seda y color escarlata. En comparación con esta prenda de lujo, todo lo que Diderot veía en su entorno desentonaba para mal. Muebles viejos, ropa fea, casa pobre... Así que el sabio francés empezó a gastar y gastar, para que el resto de sus pertenencias alcanzasen el nivel con esa bata que "tan bien le hacía sentir". Esto es lo que se conoce como efecto Diderot y, si no tienes cuidado, puede llevarte a la ruina.
En este episodio de Economía de bolsillo, el profesor de la Universidad de Barcelona Diego Valero, experto en pensiones y en economía del comportamiento, explica por qué es peligroso caer en el círculo de la comparación. Comparar "puede ayudarnos a tomar decisiones", pero también es "fuente de celos e infelicidad", advierte Valero. A su juicio, la gran mayoría de las personas obtienen tres tipos de beneficios cuando compran un bien o un servicio: utilitario, relacionado con el uso efectivo; expresivo (tiene que ver con la manera en que nos mostramos a los demás), y emocional (cómo te hace sentir esa adquisición).
Cuidado con los subidones
El acto de compra genera un pico de dopamina inmediato, destaca Valero, muy vinculado a los beneficios de tipo emocional y expresivo. El primero desaparece muy rápido, y agrega que el segundo tarda algo más, pero que también termina por evaporarse. "En cuanto nuestro vecino se compra un coche mejor o sale un modelo nuevo al mercado".
El riesgo, alerta, consiste en aficionarse a este "subidón dopamínico", por el que cada vez queremos más. Al final, bienes que en su momento "nos parecían suntuosos", terminan resultándonos necesarios. Es lo que se conoce como adaptación hedónica, indica. Y es que muchas necesidades "nos las generamos nosotros mismos". Ahora bien, ¿quién quiere volver a dormir de camping cuando se ha acostumbrado a los hoteles de cuatro estrellas? Volver atrás es difícil.
Cabeza de ratón versus cola de león
Por eso no resulta extraño que, a menudo, un aumento de sueldo derive en mayores deudas. En lugar de ahorrar el incremento, "como deberíamos, nos dedicamos a elevar nuestro supuesto nivel de vida". Y en este punto, la comparación social importa mucho. "Todos queremos sentirnos integrados" en nuestro entorno, reflexiona Valero, y si tus amistades o familia gastan y consumen más que tú, cuesta no dejarse arrastrar.
¿Qué prefieres? ¿Ganar un sueldo muy alto dentro de tu círculo social o recibir un mayor salario, pero ser el más pobre de los amigos? La inmensa mayoría nos decantaríamos por la primera opción.
Pensar lo que se desea
Las consecuencias de todo esto se miden en insatisfacción e infelicidad, cuando no en deudas. Y es que, "si visualizamos la felicidad como una escalera, veríamos que los actos de consumo" apenas nos ayudan a subir peldaños —quizás avancemos cuatro de golpe, pero solemos retroceder de inmediato—. Lo que sí "nos hace más felices son las experiencias", apunta Valero. Por eso, conviene reflexionar sobre lo que una compra o consumo concreto nos ha aportado y no repetir de forma impulsiva. Pero es que así —sin pensar— es como actuamos en el 90% de las ocasiones del día a día.
Eso debió ocurrirle a Diderot cuando se lanzó a las compras de lujo embrujado por su bata, especula el autor. En su opinión, igual les sucede a muchos hoy en día con los restaurantes caros o las opciones premium. ¿De dónde viene el mayor placer, de la comida en sí o del tiempo compartido y la compañía?, se pregunta. Reflexionemos. He aquí la clave para escapar del temido efecto.
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