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RTVE accede en primicia a las criptas de Cuelgamuros donde yacen más de 33.800 víctimas

  • El documental de RTVE, Cuelgamuros, entre lo difícil y lo imposible muestra el trabajo forense en el interior de las capillas
  • Tras décadas clausurado, RTVE accede al espacio reservado donde los forenses intentan exhumar a 200 personas
  • Se estrena en el Festival de San Sebastián el 22 de septiembre y lo veremos muy pronto en TVE y RTVE Play
RTVE accede a las criptas de Cuelgamuros: "Es un sitio que impresiona"
Belén Alonso

Esta no es una crónica de datos, aunque alguno daré. Es una crónica de sensaciones. He tenido la suerte de entrar a un lugar excepcional, oculto. Un lugar del que llevamos toda la vida oyendo hablar. Un lugar con una enorme carga histórica, política, ideológica: las criptas del Valle de los Caídos, ahora Cuelgamuros, en Madrid. El gran símbolo de la dictadura franquista.

Lo he hecho junto al gran equipo técnico de RTVE, liderado por el realizador Manu Diéguez, encargado de la imagen y el sonido del documental, Cuelgamuros, entre lo difícil y lo imposible, del que he escrito el guion. No hay ningún lugar en el mundo con tantas víctimas. Allí se encuentran más de 33.800. La mayoría combatientes de la Guerra Civil, más franquistas que republicanos, llegados a partir de 1959, 20 años después del conflicto, desde fosas comunes y cementerios de todos los puntos de España.

RTVE accede a las criptas de Cuelgamuros donde yacen más de 33.800 víctimas

Un espacio prohibido durante décadas

Es un lugar tapiado, cerrado a cal y canto desde hace casi seis décadas. Nadie, absolutamente nadie, puede acceder. Con una única excepción: el equipo forense que trabaja dentro desde 2023. Nadie más. Ni los monjes benedictinos que residen allí desde siempre. Alguna visita han organizado los forenses para algunas de las 214 familias que han solicitado, por ahora, recuperar los restos de sus seres queridos enterrados allí. También el presidente, Pedro Sánchez, y algún otro cargo institucional. Pero siempre de forma excepcional y con el máximo control y cuidado. Nada de fotos, por ejemplo. Los familiares tuvieron que dejar sus móviles en las taquillas de la entrada. Desde hace años, han sido varias las televisiones y productoras del mundo que han pedido insistentemente entrar a grabar, sin conseguirlo. Esta es la primera vez, la única por ahora. Por eso creo que merece la pena contar cómo fue y, sobre todo, contar dónde y cómo están esas más de 33.800 víctimas.

Exterior del Valle de Cuelgamuros Documenta RTVE

Igual que los forenses, nosotros también llegamos a pensar que era imposible, que al final no entraríamos. Era lunes, el día que el valle no abre al público. El día pactado con la Secretaría de Memoria Democrática. Pero seguíamos sin obtener el permiso oficial; no nos había llegado a pesar del cruce de llamadas desesperadas del domingo. Nos dio igual, madrugamos, cargamos todo el material, camión incluido, y subimos. Había que intentarlo. Una hora estuvimos en la puerta principal, dentro de la furgoneta, con los dedos cruzados, preguntándonos si al final tendríamos documental o habría que cambiar de tema. Hasta que entró el WhatsApp, permiso activado.

Lo cuento porque creo que demuestra que el sitio sigue siendo tan controvertido, siempre en el ojo del huracán, que su gestor, Patrimonio Nacional, mira y remira todo con máxima prudencia; saben que incluso con los deberes hechos, es un lugar donde a la mínima, salta la polémica, cualquier cosa se utiliza. No fueron los únicos. Algunos de los familiares de las víctimas allí enterradas con los que hablamos en el documental también dudaron. Están cansados y tienen miedo; les han denunciado, nos cuentan, les han intentado amedrentar por intentar sacar a los suyos del valle. Aguantar la presión no es fácil. Les escucho y me duele que, casi 90 años después, la Guerra Civil siga generando ese ambiente tóxico, esa división, como si no hubiéramos aprendido nada.

Desde la puerta principal, tomamos la carretera de curvas y doble sentido. Por ella subimos los seis kilómetros que hay hasta la Basílica. El recorrido, entre un enorme pinar, es precioso, en plena sierra madrileña, la de Guadarrama. Hay águilas, jabalíes, ciervos. Y son un talismán para los forenses. Si empiezan el día viendo uno, es que van a tener buena suerte. Aparcamos. El aire es puro, pero entre las enormes columnas de piedra de la entrada me siento todavía más pequeña. No sé si es el silencio, absoluto, mis nervios o todo lo que he oído sobre este lugar; el caso es que el sitio me pesa, me impone. Los siete integrantes del equipo de RTVE vamos sin hablar, expectantes. El primer día, al ir cargados, entramos por otro acceso que tiene ascensor, pero las diez jornadas que estuvimos grabando accedimos, como los forenses, por la entrada principal, la misma por la que pasarás si visitas, y te animo a hacerlo, la basílica. Nada más entrar, esperándonos para llevarnos al laboratorio, el antropólogo y médico forense, Paco Etxeberria, coordinador del proyecto. Le seguimos. Aunque antes el personal de Patrimonio anota nuestro DNI. Ese y todos los días restantes, daba igual que siempre fuéramos los mismos.

Vista de la Basílica del Valle de Cuelgamuros

Y tras las paredes quedan las víctimas

Viendo la altura, parece mentira que estemos debajo de una montaña de granito. Seguimos en silencio. Nada más entrar, en el vestíbulo, algo no casa. Una gran placa de mármol blanco recuerda que el dictador Francisco Franco inauguró este sitio en 1959, y que el cardenal italiano, Gaetano Cicognani, lo consagró un año después, y nada más. Ni una palabra sobre las víctimas que hay allí enterradas. Llegamos al pasillo central; hay seis capillas pequeñas, tres a cada lado.

Paco nos da el nombre de todas ellas: la de la Virgen de África, en recuerdo del inicio de la guerra; la del Carmen, patrona de la Marina; la de Loreto, patrona del Ejército del Aire... Y detrás de las imágenes de todas ellas, tras la pared, nos cuenta, están las víctimas. No busquéis tumbas en el suelo. Las víctimas están emparedadas, escondidas. Solo en este pasillo hay más de 7.000, aunque no hay rastro, ni un cartel, ni nada sobre ellas. Tampoco un lugar donde poder llevarlas flores, nos dirán después algunas familias. 

Llegamos al altar. Paco nos enseña la cúpula dorada de estilo bizantino. Tiene 41 metros de alto, y 40 de diámetro. Sube el brazo y nos señala con el dedo, la bandera con el yugo y las flechas de la Falange, el único partido de la dictadura. Al lado, la bandera carlista, la de "Dios, Patria, Fueros y Rey". Ningún cartel cuenta a día de hoy lo que significa todo ese mosaico. Ahí, nos indica Paco, es donde más víctimas hay, detrás de esa capilla, la del Santo Sepulcro. Si os ponéis mirando al Cristo, es justo la capilla de la derecha. No se puede entrar. Está cerrada porque justo es ahí donde se ha montado el laboratorio forense. ¿Por qué ahí?, nos pregunta Paco, siempre didáctico, porque este, además de ser el sitio con más víctimas, más de 18.000, es el lugar en el que supuestamente están casi la mitad de las 214 personas que debemos, dice, localizar e identificar. Justo enfrente, al otro lado del crucero, la capilla del Santísimo, la segunda con más víctimas, más de 10.000, y a la que aún los forenses no han podido acceder. Esperan poder hacerlo en una segunda fase del proyecto, pero para eso deben terminar la primera.

Paco abre la reja del coro, detrás del altar; venid, por aquí está el laboratorio, nos dice. Toma el túnel de piedra que se abre a la derecha. En las paredes, las manchas blanquecinas, la humedad, y el ruido de las gotas cayendo sobre algún cubo amarillo nos recuerdan que estamos a 100 metros por debajo de la base de la cruz católica más grande del mundo. Una puerta reciente, de hierro, nos corta el paso. Es la entrada al laboratorio. En el techo, una cámara registra quién entra y quién sale. Entre ellos, en su día, los restos de las 24 personas que hasta ahora han logrado identificar, y que han sido entregados ya a sus familiares.

El forense Paco Etxeberria ante el laboratorio forense en Cuelgamuros DOCUMENTA RTVE

Un laboratorio forense a oscuras

Etxeberria nos enseña el juego de llaves. Las lleva colgando de una enorme arandela de plástico. No caben en un bolsillo. Solo el equipo forense tiene acceso al laboratorio. Nadie más, nos recuerda. Nada más entrar, vemos cómo han convertido el túnel de acceso a la capilla en una sala repleta de maderas nuevas, de todos los tamaños. Son de Raúl, el trabajador de Tragsa, la empresa pública que se encarga allí de todas las pequeñas obras; ya contaré más adelante para qué las usa. Después viene otra puerta; aquí han aprovechado para poner unas taquillas y unas estanterías con todo el material de protección.

Si queremos seguir, tenemos que ponernos calzas para los zapatos, monos blancos, mascarillas FFP2, guantes y gorro. En el laboratorio son recomendables, pero no imprescindibles, a no ser que Inma o algún antropólogo esté puliendo, limpiando huesos. Ahí, en ese polvo que sube al ambiente, está el peligro. Igual que en las criptas, donde además hay hongos, así que mejor no bajarse la mascarilla para nada. Por algo el presidente Sánchez se llevó un tirón de orejas de más de uno cuando visitó al equipo forense al poco de comenzar sus trabajos en 2023, y entró a las criptas sin mascarilla. Hay fotos. El riesgo biológico es de nivel 2 en una escala de cuatro, es decir, si pasas, puedes coger una enfermedad respiratoria, pero leve, y no contagiarías. Por ello, antes de comenzar a trabajar, instalaron unos aparatosos tubos llenos de filtros que suben hasta el exterior de la montaña para ventilar y renovar el aire.

Laboratorio forense en el Valle de Cuelgamuros DOCUMENTA RTVE

Ya estamos todos de blanco; pasamos, por fin, al laboratorio. El mosaico del techo y la cruz que sobresale por una pared dejan claro que eso antes era la capilla del Santo Sepulcro. En el centro, dos mesas estrechas pero largas, donde Inma Alemán, antropóloga de la Universidad de Granada, despliega los cientos de huesos a emparejar, a estudiar. Hasta aquí llegan solo los que tienen indicios, los que podrían ser de una de las personas que buscan. El resto se queda en las criptas. Hay cráneos, fémures, coxales y muchas dentaduras, con casi todos sus dientes. Llama la atención el montículo de costillas. ¿Qué es eso?, le pregunto. Los huesecillos del oído. Por el estado de los restos es casi imposible componer el esqueleto completo de una persona, nos explica, pero sí podemos saber cuántas había en una caja, si eran hombres, mujeres, su estatura y, cómo no, cómo les mataron. Si a sangre fría, por la espalda, de frente, en un pelotón de fusilamiento.

Llega el momento. Ajustamos bien la mascarilla y nos abren una esclusa, la primera puerta, después la segunda. Esperad, no paséis, no paséis, volved. Son las 11 de la mañana. ¿Qué pasa? De fondo, desde el otro lado de la pared, llega el sonido de un órgano, y los niños de la Escolanía del Valle empiezan a cantar. Son los únicos del mundo que lo hacen a diario en gregoriano con pautas musicales del siglo X. Hay que esperar. Durante la misa, los forenses no pueden activar la ventilación que limpia el aire en las criptas para no hacer ruido. Hay que aguardar a que acaben. Aprovechamos para preguntar. De repente, se apagan las luces. En la Eucaristía, el laboratorio, como toda la basílica, se queda a oscuras. Los forenses sonríen con nuestras caras de asombro. Vuelve la luz a los apliques con forma de antorcha, cogemos, por fin, las cámaras y vamos hacia las criptas.

Volvemos a abrir la esclusa. En esta mesa, nos dicen, con una pequeña sierra eléctrica cortan los huesos para sacar las muestras con las que se hacen las pruebas de ADN. Enfrente, la habitación es muy pequeña, la segunda puerta. Una vez hemos pasado todos, la cierran para cortar las corrientes. Todo está muy oscuro, iluminado solo con pequeños focos en las esquinas. A la derecha, una puerta y, nada más pasarla, a la izquierda, está la primera cripta. Es el momento más importante de esta crónica, pero no sé muy bien cómo describir el lugar. Es como un pequeño recibidor, estrecho. Un poco agobiante si están dentro más de dos o tres personas. Esta parte no es nada monumental. Está alicatada, de arriba abajo, con azulejos blancos, pero antiguos y sin gracia. Nos giramos y en la pared frontal, un ventanal rectangular, abierto, nos muestra por primera vez a las víctimas. El cerco de PVC hace de marco del sórdido cuadro. Cuesta pensar que eso pueda ser real. No quiero ni imaginar cómo habrá sido estar ahí para esas familias que tienen a alguien querido ahí dentro, a un padre, a un abuelo, y quieren sacarlo.

Interior de una de las criptas de Cuelgamuros

El misterio de la conservación

Estamos como frenados, pegados a un tabique que se ha tardado en abrir casi siete décadas, pero el respeto no nos deja pasar. En el techo, vigas gruesas. Lage, el director de Fotografía, da un paso al frente; el techo no le queda muy lejos, es el más alto; mejor ponerse casco. La sala mide seis metros de ancho y 12 de largo. En función del lado al que mires, ves más cajas o más huesos. Me explico, va por zonas. Es el misterio de la conservación, una de las cosas que más me sorprende del lugar. Hay zonas dentro de la misma cripta donde las cajas negras, en las que llegaron los cadáveres, están, podríamos decir, casi intactas. En ellas incluso se puede leer "Almería, Monterrubio de la Serena" y muchas otras de las ciudades y pueblos desde donde llegaron, pero al lado de estas, pegadas, vemos otras de las que solo quedan travesaños, maderas hechas añicos, y montones de huesos sueltos, entremezclados. Unos muy secos, otros muy húmedos, llenos de arcilla. Eso ya depende de la arena de los cementerios en la que estuvieron enterrados antes de ser traídos aquí. También influye el agua que llora la montaña y que, a pesar de las canaletas instaladas por los arquitectos, sabían dónde estaban construyendo, cae a goterones sobre algunas cajas.

De ahí que nunca vayamos a olvidar lo que llevaba Elisa, la médica forense, dentro de ese papel cuando llamó a gritos a Lourdes. Ella y René son los arqueólogos, los que localizan las cajas. "Corre", le decía. Esto no lo habíamos visto hasta ahora. Dos manos entrelazadas, momificadas. Con las uñas perfectas, y la piel. Después de tantos años, ¿cómo puede ser? Pero es el fino alambre por el que se mueven, y que les lleva de lo imposible a lo posible en la misma jornada, y viceversa. Todo un reto.

Detalle de los ataúdes en las criptas de Cuelgamuros DOCUMENTA RTVE

Salimos de la cripta. A la derecha volveríamos a la esclusa, al laboratorio. Lourdes nos lleva hacia la izquierda, donde nacen unas escaleras. "Subid conmigo", dice. Esta capilla, la del Santo Sepulcro, tiene cinco pisos, y en cada uno de ellos, hay una cripta. Son idénticas de tamaño; su interior impone igual. En los niveles más altos, al menos aparentemente, el estado de las cajas que llegamos a ver es mejor. Aunque una vez que entran a trabajar, nos cuenta Lourdes, hay sorpresas; no siempre es lo que parece desde fuera. Ahí es cuando interviene Raúl, el trabajador de Tragsa del que hablaba al principio. Corta maderas de todos los tamaños y se encarga de ir abriendo paso con ellas a los arqueólogos, para que puedan llegar a las cajas que buscan. A veces, con travesaños, hace pequeños diques de contención para evitar que las montañas de huesos que con el tiempo han quedado sueltos, entremezclados, fuera de las cajas, se vengan abajo. El cuidado, la delicadeza con la que se mueven es extrema. Siempre miran dónde ponen el pie. Nunca olvidan que los que allí residen, un día fueron personas, como ellos.

Llegamos al cuarto piso; la escalera acaba en un rellano. ¿Y la última planta, la última cripta? "Está ahí", contesta Lourdes, "al otro lado de esa trampilla que veis en el techo". No es muy grande, una trampilla cuadrada de 70 por 70 centímetros. Lourdes coge las llaves y la abre. La primera vez que lo hizo, le cayeron un par de huesos desde arriba. Está jubilada, pero se mueve ligera, como si estuviera empezando en esto. Cuando nos damos cuenta, ya ha colocado la escalera y está arriba animándonos a subir. "Poneos los cascos", nos insiste. Ella trabaja de forma voluntaria; solo cobra los gastos de alojamiento y comida. Como otros muchos del equipo. La trampilla tiene su aquel, pero es el único acceso. Por ella y ayudados de redes, muy lentamente, deberán bajar las cajas que encuentren.

Reunión del equipo forense en Cuelgamuros DOCUMENTA RTVE

Último peldaño y estamos en la quinta planta. Me recuerda al trastero de casa de mis padres, al que de pequeña siempre bajaba con miedo. Cuatro paredes muy altas, una sala rectangular, estrecha, como casi todo allí. Pero no hay casi cajas... algunas por el suelo. Algunos huesos sueltos, pero pocos. Nada que ver con lo que hemos visto abajo. Solo en una esquina, una fila de cajas hasta el techo hace equilibrios, amenazando con caerse. Este piso tiene una peculiaridad, cuenta Lourdes: "No lo veis, pero detrás de esta pared, nos la ilumina con el láser, hay una cripta abovedada, mucho más alta que las criptas de abajo". Hay columnas de hasta 15 cajas, unas encima de las otras, sujetándose entre sí. Tendrán que subir hasta allí escaleras, para ir bajando cajas, con mucho cuidado, sin que el tetris se venga abajo.

Deben localizar 43 entre las 4.200 cajas que hay. La gran ventaja es que la gran mayoría son individuales, pequeñas, con un solo cuerpo, no colectivas. Eso facilita muchísimo la identificación. Además, a diferencia de muchas de las de abajo, estas del último piso vienen con una placa en la que está escrito el nombre y apellido de la persona fallecida. La gran mayoría de combatientes que murieron en uno de los peores frentes, el del Ebro, de donde vienen. A priori, es un trabajo más sencillo respecto al que han hecho en las otras criptas; quieren ponerse cuanto antes con ello, pero no pueden. Necesitan que Tragsa, que Raúl y algún otro compañero perforen la pared como han hecho en todos los otros pisos, y abran un acceso, una ventana a la cripta abovedada. No tardarían ni una mañana.

Pero necesitan el permiso de Patrimonio Nacional y eso ya no es tan rápido. Hay que hacer estudios y revisarlos, no uno, sino varios departamentos, pedir licencias, burocracia. A veces te molestan los miedos, los frenos innecesarios, gente que dice apoyar el proyecto pero que no lo impulsa con la suficiente fuerza, explica Lourdes. Desde noviembre de 2025, están solicitando el permiso, y con ellos, sin saberlo, los familiares, algunos de más de 90 años, que llevan toda la vida esperando poder sacar de allí a los suyos. En su reloj cada vez queda menos arena. Pero no tiran la toalla, como los forenses. "Nadie cree en este proyecto como nosotros", nos dicen. Por eso les da igual que les llamen profanadores, que les digan de forma despectiva que son unos rojos, que dejen de remover el pasado, que les denuncien, que les pongan incluso algunos de los suyos frenos en las ruedas. Ellos van a seguir hasta que les dejen.

 DOCUMENTA RTVE

Todo esto es solo lo que vivimos el primer día que entramos. Los otros nueve, con todo lo que grabamos, los puedes ver próximamente en La 1 de TVE, en Cuelgamuros, entre lo difícil y lo imposible. Además de enseñar dónde y cómo están las criptas, y todo el proceso forense, mostraremos la cara B, la de los familiares con seres queridos enterrados en el Valle que se niegan a que se hagan trabajos forenses allí, y acusan al Gobierno de utilizar con fines electorales estas criptas.

O las críticas de algunas otras familias que, por el contrario, piden más medios para acelerar y lograr el mayor número de exhumaciones posibles, y que denuncian que algunos, llevan desde 2023, esperando los resultados de las pruebas de ADN. Se quejan también de falta de información. Han pasado tres años y nadie les ha hecho balance; quieren saber cuánto queda, cuánto tiempo más tienen que seguir esperando. Y conoceréis a Hipólito; 90 años ha tardado, sí, 90, pero ya por fin, tiene a su padre enterrado a su lado, en su pueblo. Y todo gracias a un número, el 106. Pero eso ya lo veis en RTVE Play, que como siga escribiendo, me pongo a hablar de fray Pablo, el benedictino con patinete e Instagram, que tanto nos ayudó a movernos por Cuelgamuros. Eso sí que me lo guardo por si nos piden una segunda parte. Quién sabe, al fin y al cabo, quedan otras 24 criptas por abrir.