¿Nueva York es una ciudad del futuro o del pasado?, ¿de la ambición o del sentido de comunidad? ¿Es una urbe donde caben, no sin fricciones, todos los orígenes de la tierra o es una pesadilla de hierro y hormigón sin más Historia que el dinero, las alturas, la ferocidad humana? ¿es la magia de Broadway, el centelleo de Times Square o la gente que se cobija del frío en la suciedad del metro?
Chaves Nogales puso en boca del matador de toros, Juan Belmonte, cosmopolita singular, su impresión al llegar al puerto de Nueva York, a comienzos del siglo XX, el siglo de la ciudad o la ciudad del siglo: “Va un hombre por una calle de Sevilla pisando fuerte para que llegue hasta el fondo de los patios el eco de sus pasos sonoros, mirando sin tener que levantar la cabeza a los balcones, desde donde sabe que le miran a él, llenando la calle toda con su voz grave y bien entonada, cuando saluda a un amigo con quien se cruza: “Adiós, Rafael”....y da gloria verlo y es un orgullo ser hombre y pasar por una calle como aquella y vivir en una ciudad así. Pero aquí, en Nueva York, donde un hombre no es nadie y una calle es un número, ¿cómo se puede vivir?”. En sentido inverso, Julio Camba, que hizo anotaciones perspicaces de aquella ciudad desbordante cuando era corresponsal para el diario ABC en el primer tercio del siglo pasado, consideraba que el Atlántico “bañaba a los viajeros” que llegaban a la Gran Manzana y los ponía en las calles neoyorkinas limpios de pasado y de fracasos.
En Atlantic Express hablamos con James D. Fernández, el director de la New York University en Madrid, natural de Brooklyn y con ancestros españoles, quien ha dedicado buena parte de su carrera profesional a la investigación de los lazos entre España y Estados Unidos y específicamente a indagar sobre la emigración española a distintos puntos del país estadounidense. El esfuerzo conjunto de James D. Fernández y el periodista Luis Argeo dio como resultado la exposición Invisible Inmigrants, sobre el pasado de los españoles en USA.